Urdía tu cuello por mis rincones y acelerabas mi latidos. Cuidaba tu pelo amarrándolo para no dejarlo escapar, trenzando cada uno en ese tinte rojo. Quería callar, y por la piel se arrancaba el deseo inhibido de gritar. Tus manos queriendo siempre decifrar. Pero un beso atrapaba todo, por tu lengua se desplazaban las palabras y en manifiesto iba quedando todo lo que quise guardar. Hasta el desvelo de mi vergüenza trastornada por tus manos, que se volvió desenfreno. Aterrizo de este avión sin alas para preguntarme, ¿En qué minuto llegamos hasta allí?.
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