Una suerte de azar indeseado pero inevitable, es saber la última letra antes de su fonética brutal. Siempre sé como terminará el cierre profundo de sus labios cuando se comienzan a mover. Las palabras caen con su máximo cólera, golpean con la fuerza propia del viento para terminar su espectáculo. Entonces me arde la piel de pena, y en cada milímetro de ella se posa el arrepentimiento por haberse dejado acariciar en exceso. No concibo como es que del mismo cuerpo puede provenir tanta brutalidad y seudo amor... Ruboriza mis mejillas acaloradas, bajo el sudor hipnotizado por ese aliento de compás perfecto, esperando al día siguiente para transformar palabras sucias, en palabras sucias sin amor. Con su lengua grito, con su lengua lloro.
A veces, incluso, pareciera que si no existo, no vive, ni respira, ni siente, y su alma se muere, y su universo se agota, y mi corazón se derrumba. Y aquí estoy otra vez, como soldado fiel de su alma muerta y mi corazón derrumbado, esperando por los dos la victoria eterna. Aquí está ella, ella la historia de siempre: su respirar llorándome el amor, y escupiendo odio.
Ella es la eternidad en mis labios, diciendo que soy necesidad. Yo soy su alma de madre esporádica, hasta que alcance el cielo en su florecer lleno de dolor, porque así es como se hacen bellas todas las cosas del mundo, incluso yo.
La misión es la de siempre, volar hasta estrellarse.
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