Era la buena victima, de esas con los ojos inundados de dolor a medio maquillar, rodeada de pelotas de papel higiénico. Le habían desarmado el alma, era cierto, pero bastaron pocos amaneceres para que se corriera también el color de sus labios, se abandonó entre sábanas inapropiadas, repudió su piel, cayó el tesoro que acabó por destruir, y junto con ello cada partícula de su incondicional amor. Se rompieron entonces el corazón de mutuo desacuerdo.
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