La busco y está. Estamos y no estoy. Entre suficientes despedidas, ninguna fue tan real.
Nuestras palabras resuenan hasta ser balbuseos ahogados. Ella tenía lengua de gato y la probabilidad de tener la lengua áspera y partida es dos en dos millones, y esa misma probabilidad de que la hundiera en mi sexo era nada menos que lo usual.. Mi boquita amarrándola, y un sueño profundo y forzado para no recordar que algo está mal. La constancia torturaba. La consciencia desesperaba la mañana aferrada a su pecho, esperando el perdón.
Ese día nos escondimos en un ínfimo rincón de la habitación, me leyó apresurada las historias que escribía. Allí me reconocí en palabras obstinadas. Me hacía su protagonista, mientras tanto yo apretaba el cigarrillo mirando al techo, escuchando su voz decidida y quebrada. Tal como estábamos, quebradas como tacitas de té.