Ingenuo no inocente, niño de pueblo, cálido de amor.
Recorres la tierra, aventura que embargas con un dedo.
Te enseñé sobre el agua caliente en el cuerpo, en un baño de espumas,
de piel suave y casi marfil, de no ser por tus manchas de sol en la piel,
marcan dibujo de otro color, limitando la forma recta clásica de tus ropas.
Arrojamos al basurero tus zapatillas de hace cinco años, por solo
cinco mil pesos.
Y de ti aprendi de la dulzura más dulce de todas,
en tres semanas de verano y recuerdo incomparablemente bellas,
acurrucandome sobre cada noche y mañana en tus brazos
y sobre un bajo colchón en el suelo, de aquella casa de paja y cartón.
Tan sencillamente como pude descubrir que simplemente te quería.