El diferir en demasía delata su lado menos amable. El silencio largo nos acongoja una vez más, somos la escarcha fría sentada en el pasto. A veces preferiría caminar dando pasos hacia atrás, quizás estaría sonriendo.
En esta costanera que nos acomoda, hasta el caudal de agua que la divide es más claro y certero que yo misma. De igual manera tenemos algo en común con ese líquido pestilente: ambos somos un par de desastres de corrientes simultáneamente turbulentas.