viernes, 25 de junio de 2010

Canción de Manuel

Manuel era el violinista.
Me decía al oído, cántale más fuerte que te puede oír.
Cántale despacio que su ventana es la del sol,
pero actuaba recelosa, escondida en el fragor de quienes lo llamaban.
A Manuel lo querían, lo pedían.
Era el cantautor mágico, era poesía céntrica en el núcleo común,
lo adornaban delincuentes, muchos mendigos,
los que querían vender y unos cuántos consumistas.
Y cada uno quería participar, entonaban la orquesta pública tan perfecta
que me concedieron el silencio, mis manos cómplices se tornaron torpes,
ignorando dónde posarse porque hasta en el aire inquietaba.
La orquesta decía sal de los brazos que te tapan, para de reír,
y consume de la sonrisa autentica, que sus ojos te vigilan.
Se sentían al lado, al frente, hasta los dedos vibraban como en fusión,
desde que apareció fugas a callarse cerca, tan cerca.
El tabaco era propenso, en tubos se coordinaron
y uno tras otro no se abandonaron como hermanos a la boca suave.
Todos esperábamos la danza de los insectos, sólo habían dos, y uno saltando.
La noche se hacía fría, y mientras más fría más corta,
pero por remotos minutos, estaba por primera vez allí
dejando de pensar que hacía en ese instante,
porque ahora lo sabía.
Ahora lo sabía, , no se necesitaron confesiones
y Manuel se lo dijo esta noche de chocolate con olor a limón.

1 comentario:

Plish-Plosh dijo...

Ahora todo tiene sentido.