Nos arrancamos la ropa como locas apresuradas, bebimos champagne, hablábamos entre susurro y carcajada, y era imposible reír, callar, o hablar. Entonces nos besamos, con olvido incesante de quiénes éramos, qué hacía toda esa gente unos metros más allá, porqué estábamos juntas en una perdida madrugada de enero, despreocupadas por la puerta entreabierta que podía delatar a nuestro universo personal, y ensordecidas de aquel pop que todos danzaban. Nos conocimos y desconocimos en segundos continuos, sentadas bajo el cielo, escondiéndonos ilógicamente de él mismo. Entonces mutamos en amantes, amigas, y ajenas, pero perfectas para hallarnos hundidas en el agua, como turistas desnudas, y cómplices. Mis piernas se ataban a sus caderas, sus manos se aferraban a mi cuello, entonces no había nada más que nosotras y el mundo entero dedicándonos su noche, su viento frío, su beso eterno. Por vez primera no sentí su aroma, sino un penetrante olor a cloro y marihuana, nada romántico, pero todo único empapado de la fulminante humedad. Era mágico volver a encontrar en temblores mi risa extasiada tan abandonada. No recordaba su sonido, sus matices, y su potencia que crecía y renacía en la suya, por su piel y en sus manos cálidas tan mías. Sólo sabía que ella en su plenitud era mía, y aún así no sentía pertenencia, pues tampoco la quería, luego de habernos convertido en entes libres. Vivimos en el agua, y allí pudimos volar como peces.
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