Esta noche no has de saber cuanto te quiero, te reservas allí, tras el telón de nuestra ventana, que nos vigila en el tumulto de nuestro hablar, con o sin palabras.
Tu de un lado, yo del otro.
A veces nos divisamos, creo que al fin podré levantar la tela y abrir el vidrio, respirando el mismo aire que generalmente se nos distingue. Exceptuando las veces que creo compartimos el mismo cielo al que me subes.
Comenzamos nuestra historia sin fecha marcada, ni en tinta, ni en papel. La continuamos con la rareza del sentir casi-inevitable que transcurría crecientemente, más rápido que el tiempo que se nos puso a destinar, más lento de lo que pudimos pensar.
Me sentí la princesa de tu cuento y castillo, del mundo infinito que sueles pintarme en palabras escritas y besos cantados.
No has de saber como te he llegado a querer, lo repito mientras sigo reposando en mi cama a luz del televisor, en un canal sin sonido. Solo mi murmullo que me relata con voz ciega, tal vez sorda, como te he vivido sin llamarte "mi vida".
Así, tal como tu te vuelves recóndita tras lo que encuentras al paso, antes de que pueda llegar hasta tu espacio, cuando inmerses un límite sublime entre lo que pudiera darte de mi y lo que no tengo de ti. Esto mientras dices irónicamente que yo te he enamorado.